La “recorrida de febrero”
XOSE DE ENRIQUEZ
Era cuando llevábamos dos galletitas dulces envueltas en papel de estraza para el recreo de la escuela, la tapita de azúcar quemado siempre se pegaba al envoltorio; cuando ya nos daba vergüenza salir con los pantalones cortos hasta la puerta de casa. Cuando la barra de la esquina aguardaba ansiosa la llegada de febrero para cumplir con el ritual de la recorrida por los tablados del barrio… lo del barrio era una manera de decir, porque en verdad cruzábamos las “fronteras” de por lo menos tres barriadas.
“Ustedes son como el Vasco Etchebarne, se anotan en todas las vueltas…”, decía el viejo don Roberto y tenía razón. Durante la santa semana criolla de turismo estábamos pendientes de la tradicional Vuelta Ciclista del Uruguay; cuando comenzaba el campeonato de la “B”, íbamos todos los sábados a una cancha distinta. En los meses de verano, éramos habitúes de la playa. Si ocurría algo grande en las cercanías del barrio, por ejemplo un incendio, para ser algo dramáticos, como el del entonces cine Victoria, en la antigua Sierra y 9 de Abril, ahí estábamos, de los primeros en llegar.
Pero confieso que nada era tan disfrutable como las noches de carnaval. Aquellas recorridas por los tablados, que ahora –a los que quedan– es común llamarlos escenarios, tenían ese encanto que únicamente puede conocer y entender quien lo haya vivido.
De tablado en tablado
Nunca se sabía dónde iba a comenzar la “tournée”, pero la verdad es que con la barra de la calle Magallanes nos trillábamos desde la Aguada a La Comercial, pasando por el Cordón, a veces disparando para Goes, otras hacia la Estación Central, y en ocasiones llegando hasta la Figurita, siempre a “patacón”. Nadie podía adivinar dónde estaría el plato fuerte. El tablado de Piedra Alta invariablemente nos sorprendía con aquella enjundiosa escenografía que parecía echarse calle abajo, el hormigueo constante de la gente tanto adentro como afuera, y el bullicio en la esquina de la calle Cerro Largo, donde estaba el viejo boliche de don Pellicer, último refugio de la bohemia romántica del Fino Carvalho.
Allí nomás, casi a la vuelta, por Galicia, teníamos el tablado del Olimpic Belgrano, un aguerrido y simpático cuadro de basquetbol que protagonizaba encarnizados pleitos de vecinos con el cercano Cordón, que lógicamente también hacía tablado, próxima escala de nuestra recorrida. No recuerdo bien porqué, pero la programación del Olimpic rara vez nos resultaba lo suficientemente atractiva; en el contiguo Cordón, en cambio, la cosa muchas veces pintaba para quedarse.
Una noche en el tablado del Club Cordón se desmayó en escena un componente del conjunto de humoristas Jardineros de Harlem y alguien del grupo se acercó al micrófono y preguntó si había un médico en el público; nosotros pensamos que se trataba de una broma o que era parte del espectáculo y comenzamos a chiflar y a gritar: “¡Tapálo con diarios…!” Nos querían matar.
Del Cordón arrancábamos en dirección al tablado Payaso, vía Galicia, por debajo de los puentes, esquivando montones de basura acumulada, viejos pederastas y gurises pendencieros de los conventillos de Sierra. El Payaso era un tablado a la antigua, muy pintoresco, de escenario de tablones sobre tanques, platea sostenida en casilleros de chopito, rodeado de arpillera para dificultar la visual de los garroneros, lleno de chiquilinas y con una programación buenísima, que se levantaba en la placita de La Paz y Justicia. Todavía me parece estar viendo al animador, aquél narigón de lentes gruesos, cuando anunciaba con cara y voz de circunstancia, “mañana espectacular contrapunto entre La Soberana y los Patos Cabreros”. Entonces sabíamos que al otro día la cosa se iba a picar en el Payaso…
Los febreros interminables
A partir de allí venía el tirón más largo. Si era para el lado de la bahía, llegábamos al Jardín de la Mutual, ubicado casi frente a la Estación de AFE.
Si tomábamos la ruta opuesta, nos íbamos hacia el tablado de Coquimbo, hasta la cancha de Goes o al tablado de Hocquart y “una de esas de ahí arriba”, como decía un amigo de la barra; ésa de ahí arriba era Juan Paullier y el tablado era de los que competían “mano a mano” con el de Piedra Alta.
Si tomábamos la ruta opuesta, nos íbamos hacia el tablado de Coquimbo, hasta la cancha de Goes o al tablado de Hocquart y “una de esas de ahí arriba”, como decía un amigo de la barra; ésa de ahí arriba era Juan Paullier y el tablado era de los que competían “mano a mano” con el de Piedra Alta.
¡Qué carnavales! ¿No? La noche se hacía interminable y febrero parecía que no acababa nunca. Nuestra amistad tampoco, como si la barra de la esquina hubiese sacado patente perpetua. La vida no la tomábamos como un desafío… ¿La televisión? ¡Ah! ¡Bien, gracias! Lassie, El Llanero Solitario, Tatín o Pilán, el Capitán Cañones, tenían su tiempo, pero la tele no ocupaba nuestro centro de atención. Nuestra “realidad virtual” era vivir, vivir “a cara de perro”, y el genuino ritual de la recorrida de febrero, por ejemplo, no había invento que lo suplantara.
Pienso en los botijas de hoy, los que ahora llaman “chicos”, que ni siquiera tienen la posibilidad de ir a un tablado en su propio barrio; claro, tal vez la barra de la esquina ya fue o está en otra… ”es lo que hay valor”, e irremediablemente me encuentro en Magallanes y Asunción con el Negro Miguel, Juan Carlos, los dos Mario, Richard, “los gordos”, el panadero, mi hermano Vitin y tantos otros que se esconden en la bruma del recuerdo.
Entonces no quiero pensar que “carnavales eran los de antes”, digo que tristeza es la de ahora… y que tenemos que volver a vivir, que existe mucho de nuestra identidad para recuperar, y como escribió hace medio siglo el entrañable Pintín Castellanos, “Momo es siempre el mismo… otros son los que cambian”. *
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